Italia en el siglo XV
Al inicio del siglo XV el territorio italiano se presentaba muy fragmentado en estados de diversa extensión e importancia. El declive de las ciudades había llevado a un proceso de reforzamiento institucional, concluido con la instauración de las signorie (el equivalente a los señoríos ibéricos), junto con las repúblicas oligárquicas, fundadas con anterioridad. De este modo, se formó un pequeño número de estados regionales, de mayor extensión y más fuertes, que poco a poco ampliaron sus propios dominios entrando en concurrencia entre sí con el fin de lograr la supremacía sobre el conjunto. Entre todos ellos, el ducado de Milán se configuró como una potencia emergente, primero bajo la familia de los Visconti, después bajo la de los Sforza, interesada en expandir sus dominios a expensas de las repúblicas de Venecia y de Florencia. Esta última, después de varios conflictos con el Papado y de sofocar revueltas internas de carácter popular, conoció una fase de auge con la llegada de los Medici en 1434. Por su parte, la república de Venecia, desde siempre en lucha con Génova por la supremacía comercial en los mares, extendió poco a poco sus dominios en tierra firme, eliminando pequeñas señorías locales y entrando, por lo tanto, en conflicto con Milán y con el Papado. Los Estados Pontificios, definitivamente concluido el Gran Cisma de Occidente en 1418, se adentró en una fase de estabilidad interna, no obstante los contrastes con las potencias limítrofes. El reino de Nápoles, gobernado por los Anjou, estuvo en el centro de las luchas dinásticas entre las distintas ramas de los angevinos y, poco después, fue conquistado por los aragoneses, que en 1442 unieron los territorios de Cerdeña, Sicilia y Nápoles a las coronas hispanas de Aragón y Castilla. La paz de Lodi puso fin a la rivalidad entre Milán y Venecia y, bajo la égida del Papa, tuvo lugar un pacto entre los cinco mayores estados italianos (Milán, Venecia, Florencia, Estados Pontificios y reino de las Dos Sicilias) que instauró una política de equilibrio destinada a perdurar hasta final de siglo gracias al cual la península quedó a salvo de las intervenciones extranjeras.
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